José María Arguedas y Jennette McCurdy no pertenecen a la misma tradición ni escriben desde experiencias comparables. La conexión entre ellos está en una pregunta más modesta y más fértil: qué ocurre cuando una persona intenta contar su vida con palabras propias.
Arguedas convirtió en literatura la fricción entre lenguas, jerarquías y mundos culturales que el Perú oficial solía mantener separados. McCurdy, en I’m Glad My Mom Died, mira de frente una infancia atravesada por la fama temprana y una relación familiar difícil. El libro usa un título que golpea; su fuerza no depende solo de esa provocación, sino de la claridad con que la narradora revisa lo que vivió.
Dos libros que disputan el relato
En Arguedas, la cuestión de la voz también es una cuestión de poder: quién habla, quién traduce, quién es escuchado y quién queda convertido en objeto de descripción. En McCurdy, el foco es autobiográfico. La autora vuelve sobre recuerdos que antes estaban organizados por otros —la industria, la familia, la imagen pública— y los cuenta desde el lugar que ocupa ahora.
Compararlos no significa equiparar sus dolores ni sus contextos. Significa notar que una obra puede discutir la versión más cómoda de una historia. En un caso, la historia de un país contada desde sus márgenes; en el otro, la de una actriz que deja de representar el papel que el público conocía.
Una camiseta como pregunta
La portada imaginada junta a Arguedas con un título que ya obliga a detenerse. Puede atraer a quien reconoce al escritor y desconcertar a quien llega por McCurdy. Ese momento de desconcierto es productivo si lleva a leer, no si pretende resumir las dos obras en una ocurrencia.